COPROPIETARIOS TÓXICOS I
EL IMPACTO OCULTO EN EL EDIFICIO
¿Qué es un copropietario tóxico? Un copropietario tóxico es aquel copropietario que, más allá de tener un mal día, mantiene un patrón de comportamiento que erosiona la convivencia, bloquea la gestión administrativa y afecta la calidad de vida (y a veces la salud mental) de la comunidad.
Hemos visto que un copropietario tóxico puede ser el epicentro de una crisis silenciosa pero devastadora en algunos edificios, afectando negativamente tanto la correcta gestión administrativa como la armonía y convivencia entre los residentes. Sus acciones, que van desde el incumplimiento de normas básicas hasta la generación de conflictos constantes, erosionan los cimientos de una comunidad residencial saludable.
Muchas veces no se trata de tener o no tener la razón sino los canales y medios utilizados que llevan al conflicto constante y dilatan las soluciones, generando obstáculos en la gestión y problemas de convivencia
Obstáculos para una gestión eficiente
La presencia de un copropietario problemático puede paralizar y encarecer significativamente la administración de un edificio. Entre los efectos más comunes que se suelen constatar son (uno o vario de ellos):
La morosidad persistente es uno de los problemas más directos es la falta de pago de las expensas o aportes extraordinario Esto genera un desequilibrio financiero que dificulta el pago a proveedores, la realización de reparaciones necesarias y el mantenimiento de las áreas comunes, afectando la calidad de vida de todos los residentes y pudiendo llevar a la devaluación del inmueble.
El aumento de cargas administrativas ya que un copropietario que constantemente infringe el reglamento presenta quejas infundadas o genera disputas, consume una cantidad desproporcionada de tiempo y recursos de la administración. Esto desvía la atención de temas importantes para la comunidad y puede generar la necesidad de incurrir en gastos legales e inclusive puede dar lugar a la dimisión del propio administrador.
Se dificulta la toma de decisiones, por ejemplo en las asambleas de copropietarios, una actitud obstruccionista, agresiva o simplemente negativa puede impedir que se alcancen los consensos necesarios para aprobar presupuestos, realizar mejoras o tomar decisiones cruciales para el bienestar del edificio.
El mal uso de espacios compartidos como salones de eventos, piscinas o jardines, no solo genera conflictos, sino que también puede ocasionar el deterioro de áreas comunes y daños que requieren reparaciones costosas, las cuales deben ser asumidas por todos los propietarios.
Problemas de convivencia
Más allá de los problemas administrativos, el impacto más profundo de un copropietario tóxico se siente en el día a día de los residentes, afectando la paz y la buena convivencia.
La generación de ruidos molestos a altas horas, la falta de respeto por las normas de convivencia y las confrontaciones directas crean en forma constante un ambiente hostil y desagradable. Los residentes pueden sentirse incómodos y estresados en su propio hogar.
La desconfianza y el resentimiento generados por una persona conflictiva pueden extenderse al resto de la comunidad y producir la erosión de las relaciones interpersonales. Se forman bandos, se evitan las interacciones en los espacios comunes y se pierde el sentido de comunidad.
Vivir en un entorno conflictivo puede tener consecuencias serias para la salud mental de los residentes, causando un desgaste emocional y psicológico: ansiedad, estrés e incluso llevando a algunos a considerar mudarse para escapar de la situación.
Cuando la energía de la comunidad se centra en lidiar con un solo individuo problemático, otros problemas menores que podrían resolverse fácilmente a través del diálogo y la cooperación tienden a magnificarse o a ser ignorados. Dificultándose la resolución de conflictos.
En definitiva, un copropietario tóxico no es solo una molestia, sino un verdadero obstáculo para el progreso y el bienestar de toda la comunidad de un edificio. Su comportamiento puede tener repercusiones legales, financieras y, lo que es más importante, un profundo impacto negativo en la calidad de vida de sus residentes. En nuestro próximo artículo hablaremos de como mitigar estos daños a través de una gestión proactiva, la aplicación consistente del reglamento y, en casos extremos, el recurso a vías legales.
Es importante considerar que el resto de los copropietarios y la administración deben tomar una serie de acciones coordinadas y progresivas para manejar la situación con un copropietario tóxico, buscando siempre resolver el conflicto de la manera menos confrontativa posible antes de escalar a medidas más drásticas. Como veremos la clave es actuar de forma documentada, unida y basada en el reglamento interno.
Artículo redactado por: Equipo Técnico de LA Administradora – Grupo LA REAL ESTATE
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